jueves, 8 de enero de 2009

Felicidad, éxtasis, placer, música, sentimientos


L
os albaceas de un testamento pueden tergiversar las intenciones del finado, y aún el espíritu de la obra cedida. Según Milan Kundera, Max Brod no sólo no siguió los designios de su amigo Franz kafka, sino que dejó una interpretación errónea sobre su obra, no con mala intención, sino por incapacidad para entenderlo. Eso es, al menos, lo que pretende mostrar Kundera en Los testamentos traicionados, aprovechando la cuestión para darnos claves en las que todos, críticos y público, podríamos re-parar.


En relación a la música, a las emociones, a la felicidad y al placer, al éxtasis y al humor, Kundera deja, entre otras, las siguientes reflexiones, en las que toca la música del siglo XX, incluyendo manifestaciones como el "rock" o el "jazz".


(...)
En América de Kafka nos encontramos en un universo de sentimientos desplazados, mal emplazados, exagerados, incompresibles o, por el contrario, extrañamente ausentes
. En su diario, Kafka caracteriza las novelas de Dickens con estas palabras: "Sequía del corazón disimulada detrás de un estilo desbordante de sentimientos". Este es, en efecto, el sentido de ese teatro de los sentimientos ostensiblemente manifiestos e inmediatamente olvidados que es la novela de Kafka. Esta "crítica de la sentimentalidad" (crítica implícita, paródica, graciosa, jamás agresiva) se dirige no sólo a Dickens, sino al romanticismo en general, se dirige a sus herederos, contemporáneos de Kafka, en particular a los expresionistas, a su culto de la histeria y la locura; se dirige a toda la Santa Iglesia del corazón; y, una vez más, acerca a artistas aparentemente tan diferentes como Kafka y Stravinski.

Un niño en éxtasis

Por supuesto, no podemos decir que la música (toda la música) es incapaz de expresar los sentimientos; la de la época del romanticismo es auténtica y legítimamente expresiva; pero incluso a propósito de esta música puede decirse: su valor no tiene nada en común con la intensidad de los sentimientos que suscita. Porque la música es capaz de despertar poderosamente sentimientos sin arte musical alguno. Recuerdo mi infancia: sentado al piano me entregaba a las improvisaciones apasionadas para las que bastaba un acorde en do menor y la subdominante en fa menor, tocados fortíssimo y sin fin. Los dos acordes y el motivo melódico primitivo perpetuamente repetidos me hicieron vivir una intensa emoción que ningún Chopin, ningún Beethoven me ha brindado jamás. (Una vez, mi padre, que era músico, se precipitó hacia mi habitación, furioso -jamás lo he visto furioso ni antes ni después-, me levantó del taburete y me llevó al comedor para meterme, con un disgusto mal controlado, debajo de la mesa.)

Lo que yo vivía entonces, durante mis improvisaciones, era un éxtasis. ¿Qué es el éxtasis? El niño aporreando el teclado siente un entusiasmo (una pena, una alegría) y la emoción se eleva a tal grado de intensidad que se vuelve insoportable: el niño se escapa a un estado de ceguera y sordera en el que todo queda olvidado, en el que se olvida incluso de sí mismo. Mediante el éxtasis, la emoción alcanza su paroxismo, y, así, simultáneamente, su negación (su olvido).

El éxtasis significa estar "fuera de sí", como lo señala la etimología griega: acción de salirse de su posición (stasis). Estar "fuera de sí" no significa que se esté fuera del momento presente como lo está un soñador que se escapa hacia el pasado o hacia el porvenir. Exactamente lo contrario: el éxtasis es una identificación absoluta con el instante presente, un olvido total del pasado y del porvenir. Si se borra tanto el porvenir como el pasado, el segundo presente se encuentra en el espacio vacío, fuera de la vida y de su cronología, fuera del tiempo e independiente de él (por eso puede comparársele con la eternidad, que es también la negación del tiempo).

Podemos ver la imagen acústica de la emoción en la melodía romántica de un lied: su longitud parece querer sostener la emoción, desarrollarla, hacer que se la saboree lentamente. Por el contrario, el éxtasis no puede reflejarse en una melodía, ya que la memoria estrangulada por el éxtasis no es capaz de mantener unidas las notas de una frase melodía por poco larga que sea; la imagen acústica del éxtasis es el grito (o un motivo melódico muy corto que imita el grito).

El ejemplo clásico del éxtasis es el momento del orgasmo. Trasladémonos al tiempo en que las mujeres aún no conocían el beneficio de la píldora. Ocurría con frecuencia que un amante, en el momento del máximo gozo, olvidara deslizarse a tiempo fuera del cuerpo de su amada y la hiciera madre, incluso aunque, momentos antes, tuviera la firme intención de ser extremadamente prudente. El segundo del éxtasis le ha hecho olvidar tanto su decisión (su pasado inmediato) como sus intereses (su porvenir).

El instante del éxtasis, colocado en una balanza, pesa más que el niño no deseado; y como el niño no deseado llenará, probablemente, con su no deseada presencia toda la vida del amante, puede decirse que un instante de éxtasis ha pesado más que toda una vida. La vida del amante se encontraba frente al instante del éxtasis más o menos en el mismo estado de inferioridad que lo finto frente a la eternidad. El hombre desea la eternidad, pero no puede tener más que su sucedáneo: el instante del éxtasis.

Recuerdo un día de mi juventud: estaba con un amigo en su coche; delante d nosotros, la gente atravesaba la calle. Reconocí a alguien que no me gustaba y lo indiqué a mi amigo: "¡Aplástalo!". Por supuesto era una broma puramente verbal, pero mi amigo estaba en un estado de extraordinaria euforia y apretó el acelerador. El hombre se asustó, resbaló, cayó. Mi amigo detuvo el coche en el último momento. El hombre no estaba herido, pero la gente se agrupó a nuestro alrededor y quiso (lo comprendo) lincharnos. mi amigo, sin embargo, no tenía un alma asesina. Mis palabras lo habían impulsado a un breve éxtasis (por otra parte, uno de los más extraños: el éxtasis de una broma).

Estamos acostumbrados a vincular la noción de éxtasis con los grandes momentos místicos. Pero existe el éxtasis cotidiano, trivial, vulgar; el éxtasis de la ira, el éxtasis de la velocidad al volante, el éxtasis de la sordera por el ruido, el éxtasis en los estadios de fútbol. Vivir es un perpetuo y pesado esfuerzo para no perderse a sí mismo de vista, para estar siempre sólidamente presente en sí mismo, en su stasis. Basta con salir un breve instante de sí mismo para alcanzar el terreno de la muerte.

Felicidad y éxtasis

Me pregunto si Adorno sintió jamás el menor placer al escuchar la música de Stravinski. ¿Placer? Según él, la música de Stravinski conoce tan sólo uno: "el perverso placer de la privación"; pues no hace sino "privarse" de todo: de la expresividad; de la sonoridad orquestal; de la técnica de desarrollo; al echar sobre ellas una "perversa mirada", deforma las viejas formas, incapaz de inventar, "hace muecas", tan sólo "ironiza", "hace caricaturas", "parodia"; no es sino la "negación no sólo de la música del siglo XIX, sino de la música a secas ("la música de Stravinski es una música de la que ha sido desterrada la música", dice Adorno).

Es curioso, muy curioso. ¿Y la felicidad que se desprende de esta música?
Recuerdo la exposición de Picasso en Praga a mediados de los sesenta. Un cuadro se me quedó grabado en la memoria. Una mujer y un hombre están comiendo una sandía; la mujer está sentada, el hombre tumbado en el suelo, las piernas levantadas hacia el cielo en un gesto de indecible alegría. Y todo ello pintado con una deleitable despreocupación que me hizo pensar en el pintor, al pintar el cuadro, debió de sentir la misma alegría que el hombre que levanta las piernas.

La felicidad del pintor pintando al hombre que levanta las piernas es una felicidad desdoblada: es la felicidad de contemplar (con una sonrisa) la felicidad. Es esa sonrisa lo que me interesa. El pintor entrevé en la felicidad del hombre que levanta las piernas al cielo un maravilloso destello cómico, y se alegra. Su sonrisa despierta en él una imaginación alegre e irresponsable, tan irresponsable como el gesto del hombre que alza las piernas al cielo. La felicidad de la que hablo lleva, pues, el sello del humor; es lo que la distingue de la felicidad de otras épocas del arte, de la felicidad romántica de un Tristán wagneriano, por ejemplo, o de la felicidad idílica de un Filemón y una Baucis. (¿Será por una fatal carencia de humor por lo que Adorno fue tan insensible a la música de Stravinski?)

Beethoven escribió el Himno a la alegría, pero esa alegría beethoveniana es una ceremonia que obliga a guardar respetuosamente la posición de firmes. Los rondós y los minuestos de las sinfonías clásicas son, si se quiere, una invitación al baile, pero la felicidad de la que hablo y por la que siento afecto no quiere declararse felicidad mediante el gesto colectivo del baile. Por eso ninguna polca me da felicidad, con excepción de las Cirkus Polka de Starvinski que no está escrita para ser bailada, sino para ser escuchada con las piernas levantadas hacia el cielo.

Ciertas obras del arte moderno han descubierto una inimitable felicidad del ser, una felicidad que se manifiesta mediante la eufórica irresponsabilidad de la imaginación, el placer de inventar, de sorprender, incluso de causar sorpresa o desconcierto gracias a una invención. Se podría hacer toda una lista de obras de arte que están impregnadas de esta felicidad: junto a Stravinski (Petrushka, Les noces, Renard, Capriccio para piano y orquesta, Concierto para violín, etc.) toda la obra de Miró; los cuadros de Klee; de Dufy; de Dubuffet; algunas prosas de Apollinaire; Janácek en su vejez (Refranes, Sexteto para instrumentos de viento, la ópera La zorra astuta); algunas composiciones de Milhaud; y de Poulenc: su ópera bufa Las tetas de Tiresias, inspirada en Apollinaire, escrita durante los últimos días de la guerra, fue condenada por aquellos a quienes les pareció escandaloso celebrar la Liberación con una broma; en efecto, la época de la felicidad (de esta rara felicidad que ilumina el humor) había terminado; después de la segunda guerra mundial, sólo los viejos maestros, Matisse y Picasso, supieron , en contra del espíritu de los tiempos, conservarla todavía en su arte.

En esta enumeración de las grandes obras de la felicidad, no puedo olvidar la música de jazz. Todo el repertorio de jazz consiste en variaciones a partir de un número relativamente limitado de melodías. Así, en la música de jazz se puede entrever una sonrisa que se ha deslizado entre la melodía original y su elaboración. Al igual que Stravinski, los grandes maestros del jazz amaban el arte de las transcripción lúdica, y compusieron sus propias versiones no sólo de las antiguas songs negras, sino también de Bach, Mozart, Chopin; Ellington hace transcripciones de Chaikovski y de Gieg, y, para su Uwis Suite, compone una variante de polca aldeana que, por su espíritu, recuerda Petrushka. La sonrisa está no sólo presente de una manera invisible en el espacio que separa a Ellington de su "retrato" de Grieg, sino que está del todo visible en los rostros de los músicos del viejo dixieland: cuando llega el momento del solo (que siempre se improvisa en parte o sea que siempre trae sorpresas), el músico se adelanta un poco para ceder luego su lugar a otro músico y entregarse él mismo al placer de escuchar (al placer de otras sorpresas).

En los conciertos de jazz se aplaude. Aplaudir quiere decir: te he escuchado atentamente y ahora te manifiesto mi estima. La llamada música rock cambia la situación. Hecho importante: en los conciertos de rock no se aplaude. Sería casi un sacrilegio aplaudir y dar así a entender la distancia crítica entre el que toca y el que escucha; en ellos, no se está para juzgar y apreciar, sino para entregarse a la música, para gritar junto con los músicos, para confundirse con ellos; en ellos, se busca la identificación, no el placer; la efusión, no la felicidad. En ellos uno se extasía: el ritmo se marca con fuerza y regularidad, los motivos melódicos son cortos e incesantemente repetidos, no hay contraste dinámicos, todo es fortissimo, el canto prefiere los registros más agudos y recuerda el grito. Ya no se está en los pequeños dancings en los que la música encierra a las parejas en su intimidad; ahora estamos en grandes salas, en estadios, apretados los unos contra los otros, y, cuando se baila encajonado, no hay pareja: cada uno hace sus movimientos a la vez solo y con todos. La música transforma a los individuos en un único cuerpo colectivo: hablar aquí de individualismo y hedonismo no es sino una de las automistificaciones de nuestra época, que quiere verse (como por otra parte lo quieren todas las épocas) distinta de lo que es.
(...)

Los testamentos traicionados. Tusquets Editores.
Traducción del original francés por Beatriz de Moura.
Pintura: El grito, de Edward Much. 1893

domingo, 4 de enero de 2009

Komitás (una historia universal)

Hace poco tiempo hubo un concierto del músico armenio Arto Tumboyaciyán. No pude entrar: había lleno total. Casi a la misma hora, en el Teatro Filarmónica, justo al lado, había una proyección de cortos que resultó divertida e interesante. No sé si me gusta o no lo que hace Arto, perdida la oportunidad de haberlo escuchado en vivo.

La siguiente historia sobre el músico armenio Komitás, que nos relata Ryszard Kapuscinski a partir de su viaje en 1967 por el Sur del Imperio (URSS), me lo ha recordado:

También visitamos a un joven compositor, Emín Aristakesián. Vánik me llevó a su casa para que escuchase el canto del gran Komitás. Komitás es para los armenios lo que Chopin para los polacos: su genio de la música. Se llamaba Soomo Soomonián, pero, al hacerse monje, adoptó el nombre de Komitás, y es así como lo llaman. Nació en Turquía en 1869. en aquel entonces la mayoría de los armenios vivía en Turquía; según algunas fuentes, dos o tres millones. Estudió composición en Berlín. Entregó toda su vida a la música armenia. Iba de un pueblo a otro recogiendo canciones populares. Creó decenas, y hay quien dice que centenares, de coros armenios. Fue un trovador errante que improvisaba epopeyas y cantaba. compuso cientos de obras, magníficas, grandes, conocidas por todas las filarmónicas del mundo. Escribió misas que hasta hoy se cantan en las iglesias armenias.

En 1915 empezó en Turquía el exterminio de los armenios. Hasta los tiempos de Hitler, fue el mayor genocidio de la historia de la humanidad; fueron pasados a cuchillo millón y medio de armenios. Unos soldados turcos subieron a Komitás a lo alto de una roca de donde se proponían arrojarlo al vacío. La hija del sultán de Estambul, alumna suya, lo salvó en el último momento. Pero ya había visto el abismo, y perdió la razón.

Tenía entonces cuarenta y cinco años. Alguien lo llevó a París. No sabía que estaba en París. vivió veinte años más. No articuló palabra alguna. Veinte años en un manicomio. Apenas si caminaba, permanecía mudo, pero sí miraba. Se puede suponer que veía; los que lo visitaron dicen que observaba fijamente sus rostros.

Si le preguntaban algo, no contestaba.

Intentaron varios procedimientos. Lo sentaron al órgano, se levantó y se marchó. Le ponían discos. Daba la impresión de no oírlos. Alguien le colocó sobre las rodillas un instrumento popular, un tar. Lo apartó con cuidado. Nadie sabe a ciencia cierta si realmente estaba enfermo. ¿Y si eligió el silencio?

Tal vez fuese su libertad.

No murió, pero ya no se contaba entre los vivos.

Existió sin existir en ese limbo entre la vida y la muerte que es el purgatorio de los locos. Los que lo visitaron dicen que se encontraba cada vez más cansado, cada vez más cargado de hombros, más delgado, más ennegrecido. A veces, tamborileaba con los dedos sobre la mesa; en silencio: la mesa jamás devolvió sonido alguno. Estaba tranquilo, siempre serio.

Murió en 1935: sólo después de veinte años cayó en el abismo del que, en su día, lo había salvado la hija del sultán de Estambul, alumna suya.


El Imperio, de Ryszard Kapuscinski. Traducción del polaco de Agata Orzeszek. Ed. Anagrama.
Foto superior: Monasterio de Tatev, fundado en el siglo IX.
Foto en blanco y negro: el malogrado Komitás.
Abajo: Óleo, SARKIS MURADYAN - Komitas (La última noche) (1956)
Otra pintura al óleo puede encontrarse en el enlace Komitas: de la Galería de Arte Roslin

sábado, 3 de enero de 2009

Todo sigue igual

Todo sigue igual



Leo en El Mundo sobre Lynndie England, la soldado que, junto a otros, llenó el universo de los media con su fotografías torturando a presos en Abu Ghraib. Si usted lee esta noticia y tiene un dedo de frente, entenderá fácilmente a esta chica. Si, como yo, tiene dos dedos de frente, se indignará. Si usted tuviera tres o más dedos de frente, no sé lo que pensará, pero le invito a que deje su comentario al respecto ( tal vez el abogado y ella se estén frotando las manos pensando en los pingües beneficios de sus futuras apariciones en TV, en un libro... , ¡gracias tortura! ¿Alguien tiene más de dos dedos de frente? ).

Por otra parte, la forma de "divertirse" de este tipo de sujetos, no deja de recordarme "diversiones" de gentes más o menos cercanas. Son conductas infantiles que se mantienen en la edad adulta, sobre todo cuando ésta no es más que eso, una edad.

Como todos los niños, yo también he cometido crueldades sin sentido. Supongo que crecer implica salirse de ese infantilismo cruel. ¿O no?

Al lado de mi casa, allá por los setenta, había una zona agreste en la que gustábamos de jugar a explorar la jungla. Un buen día llegaron las excavadoras y, tras la remoción selvática, aparecieron todo tipo de bichitos: crías de topos, ratones, culebras. Había una gran cantidad de salamandras, un bicho que siempre me causó cierta repulsión. Entonces, recuerdo muy bien los ojos enrojecidos y la euforia de B. Su dicha desenfrenada procedía del placer que le causaba recoger a todas las salamandras que encontraba y echarlas en un cazo metálico puesto al fuego de madera ardiendo. Aquello, al parecer, era una diversión a la que se sumaron el resto de amistades. Fue una de las veces en las que me sentí "apartado", fuera del círculo manienlazado de los gozadores. Las consecuencias de salirse del grupo las viví con mucha tristeza, apesadumbrado por mis límites -no podía apoyar aquello-, mi soledad y mi incomprensión.

En otra ocasión recuerdo haber salido en defensa de P. P era un chico que pocos años después fallecería de cáncer, "Dios aprieta pero no ahoga". Era el débil, el que todos utilizaban por su bondad teñida de inocencia. Fue otro de mis grandes errores: el grupo me fue apartando, y yo no hice apenas nada por evitarlo, aunque tampoco entendía nada. No cedí al chantaje, preferí la soledad. Mi edad estaba por encima de la decena, pero no recuerdo con exactitud. La turbación se prolongaría por años sucesivos. No olvidaré aquel cumpleaños de B en el que invitaba a todos excepto a mí, con el incompresible placer de los otros, imagino que tener a un otro, representante de lo malo refuerza lazos con la gran familia. No sé, aquella decisión de estar al otro lado, del lado de la minoría ínfima que representa el uno, me acompañaría hasta hoy, que vivo esto con distancia, esclavizado del condicionamiento emocional que me inoculó todo aquello, que tendría su justa réplica en las vivencias escolares. Lugar en el que, entre otras cosas, fui condenado al ostracismo. No es un tono victimista: yo elegí esta opción. Podría haber formado parte del grupo.

Tras leer la noticia que mentaba al principio, al día de hoy, compruebo que no salgo de mi asombro: todo sigue igual.

sábado, 27 de diciembre de 2008

Amor (para Midori)

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—No es sólo culpa mía. Me refiero a que yo sea tan poco afectuosa. Y lo reconozco. Pero si ellos..., si mi padre y mi madre..., si ellos me hubiesen querido un poco más, yo, por mi parte, ahora sentiría de otra forma...
(...)
Aunque sólo hubiera sido una vez, hubiera querido recibir amor a raudales. Hasta hartarme. Hasta poder decir: “Ya basta. Estoy llena. No puedo más”. Me hubiera conformado con una vez. Pero ellos jamás me dieron cariño. Si me acercaba con ganas de mimos, mis padres me apartaban de un empujón. “Esto cuesta dinero”, decían. Únicamente sabían quejarse. Siempre igual. Así que pensé lo siguiente: “Conoceré a alguien que me quiera con toda su alma los trescientos sesenta y cinco días del año”. Estaba en quinto o sexto curso de primaria cuando lo decidí.

—¡Qué fuerte! —exclamé admirado— ¿Y lo has conseguido?
—No es tan fácil como creía —reconoció Midori. Reflexionó un momento contemplando el humo—. Quizá sea por haber esperado tanto tiempo pero ahora busco la perfección. Por eso es tan difícil.
—¿Un amor perfecto?
—¡No, hombre! No pido tanto.
Lo que quiero es simple egoísmo. Un egoísmo perfecto. Por ejemplo: te digo que quiero un pastel de fresa, y entonces tú lo dejas todo y vas a comprármelo. Vuelves jadeando y me lo ofreces. “Toma, Midori. Tu pastel de fresa”, me dices. Y te suelto: “!Ya se me han quitado las ganas de comérmelo!”. Y lo arrojo por la ventana. Eso es lo que yo quiero.
—No creo que eso sea el amor —le dije con semblante atónito.
—Sí tiene que ver. Pero tú no lo sabes —replicó Midori—. Para las chicas, a veces esto tiene una gran importancia.
—¿Arrojar pasteles de fresa por la ventana?
—Sí. Y yo quiero que mi novio me diga lo siguiente: “Ha sido culpa mía. Tendría que haber supuesto que se te quitarían las ganas de comer pastel de fresa. Soy un estúpido, un insensible. Iré a comprarte otra cosa para que me perdones. ¿Qué te apetece? ¿Mousse de chocolate? ¿Tarta de queso?”.
—¿Y qué sucedería a continuación?
—Pues que yo a una persona que hiciera esto por mí la querría mucho.
—A mí me parece un desatino.
—Yo creo que el amor es eso. Pero nadie me comprende. —Midori sacudió la cabeza sobre mi hombro—. Para un cierto tipo de personas el amor surge con un pequeño detalle. Y, si no, no surge.
—Eres la primera chica que conozco que piensa así.
—Me lo ha dicho mucha gente. —Se toqueteó las cutículas de las uñas—. Pero no puedo pensar de otro modo. Estoy hablando con el corazón en la mano. Jamás he creído que mis ideas sean diferentes de las de los demás, ni lo busco. Pero cuando digo lo que pienso, la gente cree que bromeo, o que estoy haciendo comedia. Todo acaba dándome lo mismo.

—¿Sigues queriendo morir en el incendio?
—¡Ostras! ¡No! Eso es otro asunto. Sentía curiosidad.
—¿Por morir en un incendio?
—No. Me interesaba ver cómo reaccionabas. Pero morir no me da miedo…

lunes, 22 de diciembre de 2008

Cuando el viento silba, de Bryan Forbes.

Lunes 22, he visto una película deliciosa, Cuando el viento silba (1961), Whistle down the wind. De principio a fin disfrutamos de planos bellísimos, en blanco y negro contrastado. Continuamente se respira una mezcla de humor y tensión. Hubo momentos en los que se notaba en el ambiente las ganas de reírse abiertamente con las acciones de los niños, en algún momento incluso se oyeron los habituales chisteos. No me explico cómo no conocía esta película tan bella. Según la Wikipedia ganó tres premios de cine: mejor película, mejor guión y mejor actriz. Así que no parece que sea una película poco comercial -en su momento-.

El señor que hace algún comentario previo a estas películas, lamento no saber su nombre, estando al fin y al cabo a mano, comentaba que sólo la emitieron un sábado, allá por los Ochenta, y no volvió más.

En general, pienso que es un error tratar de
explicar las películas -y las novelas, etc.-. Desde mi punto de vista, este señor cae un poco en este error. Se limita la mirada, la sensibilidad a través de un análisis que siempre es subjetivo. Creo que sería más enriquecedor que solamente se mostrasen datos del contexto, situacionales, pero no valorativos (por tanto limitativos).

La inocente mirada de los niños me hizo pensar en la fe y el amor, me dije "el amor es una mirada distorsionada de la realidad". Visto así, el amor es una necesidad para pisar en tierra fría y hosca. Lo
real se vuelve afectivo, cálido, humano. A su vez, es maravillosa la forma en la que la historia te lleva a sentirte, en parte, en la piel del fugitivo, que de alguna manera termina transformado por la mirada llena de amor de Kathy. Todo es mostrado en lenguaje cinematográfico, planos, miradas. Nada de recurrir a explicaciones. Pura sensibilidad.

Me parece una película imprescindible..., palabra de cateto cinéfilo. Una película que hay que ver limpio, sin presupuestos previos, con toda la sensibilidad atenta. Siempre que veo estas películas o actuaciones pienso "cómo no habré avisado a..." Sobre todo lo pienso porque no es "difícil", creo, y me parece que simplemente con dejarse llevar, se disfruta. Sólo hace falta dedicarle el momento. Pero claro, ¡yo qué sabía! Uno va experimentando, arriesgando(?), y se encuentra con estas obritas de arte. Es emotiva y ligera a un tiempo. Fácil y profunda a la vez, bendito Séptimo Arte.

Si sois capaces de ver esta película con la limpieza y la atención que yo tuve, garantizo diversión y la emoción. La acción no decae en ningún momento, el ritmo que tiene es magnífico, lento pero con gusto, sin prisas. En cuanto termina una secuencia entretenida, pasamos a otra, y el aburrimiento no aparece por ningún lado.

Después de verla, me vino a la mente la frase
El amor es la más hermosa de las mentiras.

Pareciera que una película con una sinopsis como la de la presente podría caer en la ñoñería,
pero creo que esta película está tocada de la gracia del arte, y no se puede reducir con estos parámetros. Sugiere mucho más, en su sencillez, y requiere lo dicho: una mirada limpia.

Tres medidas de humor, una de tristeza, cuatro de belleza, música perfectamente ensamblada para remarcar y definir la acción. Sumando me salen 3 + 1 + 4 = 8 medidas, siendo tacaño. Sólo le faltarían dos medidas para el diez. Añádanle lo bien rematada que está, la ausencia de rodeos innecesarios, en fin,
Bocata di cardenale, ¿se dice así? Eso.

domingo, 23 de noviembre de 2008

Me suena

Veo el final de un documental, no sé si tratan de alguna secta u organización asimilable. Indago en la programación y veo que se trata del programa Asia: sueños globales de La Noche Temática. Lamento no estar al tanto de este programa. Hay buenos programas en la televisión: sólo hay que procurar no dormir, no salir el sábado noche, etcétera para verlos... Gracias TV Pública, gracias Presidente.

En la página de RTVE veo:
"John y Jane: teleoperadores en Bombay
(Documental - 83’ – India - Dirección: Ashim Ahluwalia - Producción: Future East Film)
Hoy en día se venden muchos más productos a Norteamérica desde la India que desde los Estados Unidos. Esta asombrosa paradoja se produce en muchos países del mundo. Este documental muestra cómo trabajan y viven un grupo de teleoperadores en Bombay, que en muchas ocasiones y, debido a su trabajo, se sienten más cercanos a la cultura occidental, que a su propia identidad india."
El comentario que ponen es mucho más leve de lo que se ve en realidad. No es que se "sientan más cercanos a la cultura occidental", es que están completamente sumidos -sumergidos, hundidos- en esa cultura..., el Mundo Feliz -el Mundo Banal- de Huxley resulta realista..., la dilución del individuo es total.

Se oyen "pensamientos" en voz alta de una chica rubia, de piel blanca, sentada con microcascos:
"Apenas conozco a nadie aquí. Muchos desearían conocerme, sobre todo chicos. Soy diferente...
Soy completamente rubia natural. Estoy totalmente americanizada..., porque pertenezco al mundo de hoy en día,... me encanta estar conmigo misma y ser simplemente yo..."
John, un teleoperador con rasgos netamente indios, muestra entusiasmo porque "trabaja para una empresa americana. No se lo puede creer"... En cuanto vio a Jane se enamoró de ella... Apenas se pueden ver porque tienen turnos distintos. Coinciden veinte minutos en una especie de Burguer y piden patatas fritas, hamburguesas, salsas..., todo lo que le suena americano lo pide. Vaso de plástico de Coca Cola, vaso de plástico de... Ella tiene un aire de ausente, imagino que ser grabados para realizar un documental les debe parecer toda una aventura. La mujer se queja porque no quería Coca Cola, sino naranja...

John piensa -voz en off-:
"Antes hablaba algo en inglés y la mayoría en hindi... Ahora hablo siempre en inglés. Me imagino América como un país precioso... Me encanta cómo hablan, en inglés..., yo nunca podré hablar así..."
Son las 0:30 horas del domingo, madrugada. Una buena hora para mostrar un programa tan poco comercial (?)... La televisión pública al servicio de..., ¿de qué?...

Se ven imágenes de la teleoperadora, rubia, de piel blanca, bailando en una disco entre la multitud.... Luego tomando algo en la barra de la disco...
"Bueno..., estoy buscando al hombre ideal..., el hombre ideal deber ser como yo..., los ojos claros..., y rubio, como yo..., a los rubios les atraen los rubios, es lo natural, por supuesto que es natural, es una tendencia natural..."
En una de las reuniones pedagógicas de la empresa de servicios de teleoperación. La formadora de la empresa, con una actitud y tono de voz maternales, apoyada por imágenes y esloganes, igual que si hablara en un aula infantil, les pregunta lo que llevan tiempo asimilando y tienen que aprender a contestar automáticamente, reforzando la doctrina "americana".


-¿En qué supermercados creéis que encontramos más variedad, en los indios o en los americanos?
-En los americanos.
-¿Podemos aquí hacer estas toallas? -y la formadora les enseña un catálogo-.
-¡No! -contestan a coro-.
-¿Por qué?
-Porque son americanas -todos viven el éxtasis de formar parte de una empresa americana.

-¿Cuáles son los valores americanos?
-Individualismo, éxito.
-Consecución del éxito -refuerza con voz maternal la formadora-.
-Progreso, felicidad -continúan rezando los teleoperadores-.
-Búsqueda de felicidad -refuerza la formadora-, y continúa con una extraña letanía:
-Mis dientes son de oro, me gusta resistir...
-Mis dientes son de oro, me gusta resistir... -repiten-.
-Mi comida está fría, me gusta resistir -alenta la formadora-.
-Mi comida está fría, me gusta resistir -repiten-.

Sí, parece tratarse de una secta... Ya antes había visto imágenes, cuando aún no sabía de qué trataba el documental, que parecían de una secta. Todos, llevados por un éxtasis sentimental, estaban reforzando su unión con el Dios America.
Pienso en la negrura, no quiero creer que esto es verdad. No puede ser... Pienso en el fenómeno equivalente: voces latinoamericanas haciendo teleoperación desde allí para el mercado español... El tema del programa es la aldea Global vista desde ángulos distintos.

Tras este documental, emitirán otro:

El ejército de los pobres
(Documental - 2002 - España - 66' - Director: Jorge Iglesias - Producción: Sogecable - New Atlantis, con la participación de TVE)
Muhammad Yunus creó a comienzos de los ochenta en Bangladesh el Banco Grameen. Lo que entonces parecía una aventura, hoy es una de las ofertas financieras más sólidas del mundo. Es una institución que ha concedido más de tres millones de microcréditos a personas sin posibilidades y con sólo el 2% de impagados, a pesar de que el Grameen no exige avales, sino que basa la concesión de sus créditos en la confianza.

Pienso en Educación para la ciudadanía, esa asignatura más o menos doctrinal, en toda la polémica y oposición que hay entre unos y otros..., cada cual tratando de adoctrinar a su manera, o a su interés, y pienso si no sería mejor publicitar -como yo estoy haciendo ahora...- este tipo de programas en lugar de poner cara de felicidad con las "extraordinarias" series telenorteamericanas, telesudamericanas, telenacionales, teleregionales, telelocales..., y contribuir a su difusión por el mero hecho de que "gustan".

Llevo mucho tiempo huyendo del pensamiento negro:

"y no oyo más que puertas
que niegan lo que esconden
La chimenea vierte
su vomito de humo
a un cielo cada vez
más lejano y más alto..."

¿No puede haber una síntesis del pensamiento positivo, del pensamiento del marketing y una ética de la dignidad del individuo?... Pienso que mi concepto de la dignidad es anodino, no sirve ni para nada ni para nadie. La dignidad tiene forma de "tolerancia"... a la estupidez, de inconsistencia, ambiguación, autoengaño, relativismo absoluto, abyección de una individualidad débil, infantil, en el Dios totalizador "americano".

El segundo documental ofrece el contraste... ¿Ofrece el contraste?... Es una cultura campesina y ganadera... Veo a mujeres -un protagonista muy importante en este documental-, que hacen uso de esos llamados microcréditos. Con una idea positiva de la cultura "occidental": la idea de desarrollo económico, la idea de vivir mejor, de hacer negocios como algo positivo, de asociarse -todos son accionistas del banco en el momento en que son clientes-. El requisito para ser accionista de este banco es muy simple: ser pobre. El objetivo: dejar de serlo... Ser el banco de "los que eran pobres".

Con un incipiente desarrollo, comienza a hacerse popular el "entretenimiento de masas"..., gentes mirando la televisión, hipnotizados...

"Aquí hay musulmanes, hindús. En general nos llevamos bien... A veces algunos hombres musulmanes se meten conmigo..."

Las mujeres están reunidas, con niños preciosos. La hindú dice que no quiere tener más de dos hijos..., "quiere darles estudios aunque se quede sin comer..." Tomará la píldora (ignoro si es pecado...) Me da por pensar que están a un paso de nuestra cultura moderna: sus hijos estudiarán, en dura competencia entre todos, para alcanzar... ¿qué?... Los niños saldrán cuando puedan de ese mundo rural..., caerán con peor o mejor fortuna en "la ciudad"... Se perderá la memoria...

Al final, en una de las pocas televisiones, una mujer dice:

"Me encanta la televisión, sobre todo los anuncios... Me gustaría comprar una máquina de coser..."

Creo que todo esto me suena...

Anuncian que el próximo programa hablará de los niños soldados en Uganda..., El difícil retorno a casa es un documental que pone los pelos de punta..., niños asesinos despiadados...(¡), que vuelven a casa, que tal vez hayan matado a sus propios hermanos, padres... Claro que todo es una disculpa para ver lo más bonito de la televisión: los anuncios.

Hay una constante en la cultura televisiva analfabeta y la cultura televisiva de "la generación mejor preparada": todos están encantados con los anuncios... Estos se han convertido en el producto por excelencia. Sus creadores se han adaptado perfectamente a los "tontos" y a los "listos", aprovechando la necesidad de los primeros, utilizando el egoísmo narcisista de los segundos.

La empresa americana que emplea a teleoperadores indios se basa en la televenta...

Sí, creo que todo esto me suena.

domingo, 26 de octubre de 2008

Es probable que Dios no exista... Disfruta

Hacía muchos años que no disfrutaba de un partido de fútbol. Mi nivel de saturación mediático no es muy alto, y el indiscriminado bombardeo publicitario me produce rechazo. Un día me dio por encender la TV, me encontré con uno de los partidos de la Copa de Europa de 2008, Holanda-Francia: fue como descubrir el Edén de las emociones olvidadas.

Pocos días después, el día en que España jugó la final contra Italia, en la última Copa de Europa, me entró uno de esos ataques de soledad que me dan cuando un acontecimiento colectivo afecta al país entero y a mí me pilla unitario. Así que, para compartirlo, busqué. Busqué y encontré un barín poco concurrido, cerca de mi casa, con mesa libre y todo. Como tenían una cerveza que me gustaba, aproveché la novedad del fútbol y la disculpa de la rubia fermentada. En la barra había una chica sudamericana, de Ecuador, probablemente, que con su pose de piernas cruzadas alegraba mi vista. Era la gozosa de un tipo de treinta y pico años que la acompañaba, así que mi disfrute tenía sus límites, lamentablemente. El hombre, visiblemente alegrado por otra cerveza, elevaba inopinadamente una de esas horrísonas bocinas que se oyen en los campos de fútbol, y la hacía sonar repetidamente. A un par de metros, delante de mi, había una familia con niños, uno de cerca de doce años. Cada vez que el tipo la hacía sonar, se sobresaltaba y, tras una inquieta mirada, se tapaba los oídos confundido y desesperado: el gozo del espectáculo compartido comenzó a teñirse. Cuando acabó el primer tiempo, en lugar de continuar con ese disfrute de la vida, y aprovechando la ingravidez que me producía la rubicunda bebida, me fui, ya que el gozoso bocinista me estaba sobresaltando a mí también. Así que tuve excitación pero sin clímax.

En fin, que me tuve que ir a disfrutar el segundo tiempo a mi casa. Solo. Ignoro lo que le habrá ocurrido al niño, que el pobre no sabía ya qué hacer. Espero que tenga a Dios presente, si no, con doce años, rodeado ya de hedonistas sin el "temor" de Dios, lo va a tener dificil.

Y a mí, si al menos me quedara Dios, y el infierno, y todas esas cosas, de lo más alto y de lo más bajo, igual me podría consolar. En fin, pensar que el bocinero de turno acabara condenado en el infierno, a partidos de fútbol silenciosos y mudos, sin hembras del paraíso, sin bocinas. Qué sé yo, alguna compensación, ya que mi libertad es violada -¡Libertad, tenías que ser mujer!-, por imperativos de sus disfrutes, obligada a elegir entre la estentórea estupidez bocinal y la lúbrica soledad de mi magín. Cuarenta y cinco minutos contra la espada y la pared. Preferí la pared, por aquello de que siempre puedes imaginar un mural, o una puerta oculta que prometa un mundo, tal vez de mujeres jugando a fútbol, disputándose mi cuerpo cual trofeo. Para esta vida pasa, me arreglo con el magín, pero que a cambio me quede la eterna sin estos individuos, digo yo. Con fútbol, acompañado del muchacho sensible, de hembras táctiles y gozosas. Y una buena cerveza, por qué no, de abadía trapense, por favor.

En los autobuses londinenses, dice Elvira Lindo, reza el eslogan:

"Es probable que Dios no exista. Ahora deja de preocuparte y disfruta de la vida"

¡Disfruta de la vida!, ¡Je!, y entonces yo, qué. Lo preocupante ahora es que no haya infierno, que no haya Dios, porque entonces, qué mierda es esta, qué me queda a mí, ¿eh?, ¿qué?

Quién me consuela a mí, ¿eh?, ¿quién?
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