Veo en un programa de televisión, que hipotéticamente se dedica a promocionar la lectura, a un tipo que lamento no saber, inicialmente, quién es. Veo alguna portada de un libro con el nombre Bunbury, y lo anoto. Hoy veo en un momento el vídeo Aunque no sea contigo y, acostumbrado a escuchar incoherencias o sinsentidos entre lo dicho en las promociones y lo hecho en las grabaciones, me encuentro con una orquesta latina ¡real! Quiero decir que agradezco las congas, el trombón, las voces a coro y doblándolo, etc., todo de verdad. Y es que me da cosa que haya músicos en paro porque a tantos les dé tres cuartos de lo mismo oír samplers y demás ralea tecnológica que escuchar a buenos músicos...
No conocía -conscientemente- a Enrique Bunbury, y ya me pregunto si este vídeo no será un señuelo que muestra un buen directo, según el criterio antedicho, y luego en disco, ¡o incluso en vivo!, vuelves a la máquina por la máquina y a decorados de Hollywood..., oséase, Becerros de oro. Personalmente no es que me afecte, directamente, digo, pero eso es otro asunto. El vídeo parece realizado en algún teatro. El final me parece magnífico, me recuerda alguna película con música de Ennio Morricone, ¿puede ser?... Es una asociación inmediata, un ramalazo sin pretensiones, ¡si algún amable me ayudara o corrigiera!... Un punto al director o realizador del vídeo.
Interesante reflexión
Bunbury planteaba una cuestión: el rock se asocia a una actividad "juvenil", por no decir infantil o tal vez adolescente. Venía a decir que buscaba un rock que vaya con su tiempo, que, en suma, un artista de rock de 50 años de edad expresara a través del arte, sentires de un tipo de su edad, y no una permanente adolescencia con faz más o menos arrugada, o con liposucciones y liftins, tan al uso en estos medios.
Me pareció interesante la reflexión, de la que dejo aquí constancia, porque me encantaría que la madurez y la inteligencia no fueran reñidas con ningún estilo. Me hizo gracia Enrique Bunbury, ataviado más o menos como se le puede ver en el vídeo, sombrero incluido. Como una especie de gitano transeúnte dibujado por Gabriel García Márquez en Macondo (Cien años de soledad), perdonen la asociación. ¿Gitano de primera generación o de la siguiente? Porque creo recordar que no eran de la misma idiosincrasia, que se dice. No lo conozco lo suficiente para saberlo.
En el programa hablaban de la creatividad, de la creación, y ese es un tema interesante para mí, que tanto sueño, yo, que tan creativo soy en sueños de los que luego no me acuerdo... Esto también salió... El comentarista mentó el caso de Joaquín Sabina, que al parecer estuvo no sé cuánto tiempo con pánico a enfrentarse a un público. Le sugirieron pintarse los testículos de rojo... Y lo superó.
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sábado, 17 de enero de 2009
lunes, 15 de septiembre de 2008
La última embestida de Rocinante
Tras la estructura, varias toberas expulsan los desechos del gasóleo quemado para generar la electricidad que alimenta la mole del espectáculo electroacústico-musical. Tras ellos, varios traileres reposan hasta el día en que otro ayuntamiento, en dura disputa con otras corporaciones por la parte presupuestaria del Estado, los reciba con la misma solemnidad para la populista y ruinosa celebración. Por unos días, nada importa, ni siquiera los edificios e infraestructuras consideradas Patrimonio de la Humanidad -esos mártires de la idolatrada diosa Cultura-, que sufrirán los embates de toda esa energía decibélica en un radio de kilómetros. Nadie se atreve a decir una verdad, ¿nadie? Solo, el Caballero de la Triste Figura observa atónito, por una vez mudo, lleno de estupor.

Don Quijote yergue su figura apesadumbrado por la ominosa tarea de abatir el monstruo psicodélico. Baja su yelmo, a modo de parapeto frente al brutal rugido que pareciera brotar de los mismísimos infiernos, protegiéndose de los posibles dardos de la futura intelectualidad juvenil, tensando el ánimo, infundiendo no más que funestas esperanzas a Rocinante. Sancho le acompaña, mientras reza por su señor, a la espera de buena ventura, horrorizado ante el recuerdo del clamor "¡no a la sangre por petróleo!" que la gran familia universitaria proclamaba anteayer, el año pasado, el siglo pasado, hoy, mañana. Rocinante eriza sus crines, se agita nervudo ante el inquietante destino. Recuerda vagamente los molinos de La Mancha como minúsculos gigantes, comparados con los horrísonos y feroces monstruos megadecibélicos. Un murmullo recorre la panza, las entrañas del animal, mientras el caballero de la triste figura, en el presagio de la última embestida, apunta con su pica, presto a morir ante la bestia más feroz en la plaza más concurrida y juvenil que hubiere soñado, un estadio deportivo convertido, por mor de la fiesta y de la política, en templo electroacústico y gregario. El caballero espolea a Rocinante, que avanza al trote; al paso, una infausta, rubia y hermosa muchacha que bailaba separada de la multitud, se encuentra con la pica que le atraviesa un costado desgarrándole la piel. Fluye el vino, huyen los jóvenes más cercanos, Don Quijote continúa en su cabalgadura. Al llegar a un bafle gigantesco, embiste y se empotra todo él. Saltan chispas y la armadura se ilumina como una lámpara incandescente. Tras un minuto, se hace el silencio y se apagan los focos, Don Quijote permanece al rojo vivo, iluminando tenue con su resplandor. La multitud prorrumpe en aplausos y silbidos de emoción. En una minúscula área del terreno, compañeros de la blonda mancillada en vino, la portan en volandas pidiendo auxilio por los móviles. La multitud continúa aplaudiendo, con "bravos" de júbilo. Vuelan latas de cerveza, exaltados por el espectáculo más original que hayan visto nunca. Los músicos se miran, aturdidos. Rocinante huye despavorido, acaba de pasar ante mí, está loco, se precipita a la Ronda Sur, frenazos de automóviles rugen y suena un golpe sordo, chirrían neumáticos quemándose en su pavor, se oyen choques encadenados. Rocinante yace en el asfalto, reventado, recordando en su último estertor todas las venturas de su amo y apurando esta, su última embestida.
Al fondo queda el ronroneo de tres gigantescos generadores que incansablemente digieren sangre, petróleo, lo que sea, lo que haga falta, con tal de que la fiesta continúe.

Don Quijote yergue su figura apesadumbrado por la ominosa tarea de abatir el monstruo psicodélico. Baja su yelmo, a modo de parapeto frente al brutal rugido que pareciera brotar de los mismísimos infiernos, protegiéndose de los posibles dardos de la futura intelectualidad juvenil, tensando el ánimo, infundiendo no más que funestas esperanzas a Rocinante. Sancho le acompaña, mientras reza por su señor, a la espera de buena ventura, horrorizado ante el recuerdo del clamor "¡no a la sangre por petróleo!" que la gran familia universitaria proclamaba anteayer, el año pasado, el siglo pasado, hoy, mañana. Rocinante eriza sus crines, se agita nervudo ante el inquietante destino. Recuerda vagamente los molinos de La Mancha como minúsculos gigantes, comparados con los horrísonos y feroces monstruos megadecibélicos. Un murmullo recorre la panza, las entrañas del animal, mientras el caballero de la triste figura, en el presagio de la última embestida, apunta con su pica, presto a morir ante la bestia más feroz en la plaza más concurrida y juvenil que hubiere soñado, un estadio deportivo convertido, por mor de la fiesta y de la política, en templo electroacústico y gregario. El caballero espolea a Rocinante, que avanza al trote; al paso, una infausta, rubia y hermosa muchacha que bailaba separada de la multitud, se encuentra con la pica que le atraviesa un costado desgarrándole la piel. Fluye el vino, huyen los jóvenes más cercanos, Don Quijote continúa en su cabalgadura. Al llegar a un bafle gigantesco, embiste y se empotra todo él. Saltan chispas y la armadura se ilumina como una lámpara incandescente. Tras un minuto, se hace el silencio y se apagan los focos, Don Quijote permanece al rojo vivo, iluminando tenue con su resplandor. La multitud prorrumpe en aplausos y silbidos de emoción. En una minúscula área del terreno, compañeros de la blonda mancillada en vino, la portan en volandas pidiendo auxilio por los móviles. La multitud continúa aplaudiendo, con "bravos" de júbilo. Vuelan latas de cerveza, exaltados por el espectáculo más original que hayan visto nunca. Los músicos se miran, aturdidos. Rocinante huye despavorido, acaba de pasar ante mí, está loco, se precipita a la Ronda Sur, frenazos de automóviles rugen y suena un golpe sordo, chirrían neumáticos quemándose en su pavor, se oyen choques encadenados. Rocinante yace en el asfalto, reventado, recordando en su último estertor todas las venturas de su amo y apurando esta, su última embestida.
Al fondo queda el ronroneo de tres gigantescos generadores que incansablemente digieren sangre, petróleo, lo que sea, lo que haga falta, con tal de que la fiesta continúe.
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